
Maldita Sea
Un cielo azul distante cobija las distintas sombras de los variados mortales. En el metro todos parecen arrastrarse, suplicando y esperando que la vida pase más rápido.
Diferentes pieles habitan el metro, otras palabras lo adornan y el olor a asfalto con aires de arribismo primer mundista parece condensar todo.
La idea del metro, es llegar a destino, y el camino se torna cada vez más gris.
Gris como la gorra del séptimo pasajero que estaba al lado de la ventana en los asientos nuevos y de color verde chillón, pero no tan nuevo como el libro que llevaba en sus manos cerrado. Una Biblia creo que era, por las hojas que después en mi inconsciente imaginaba como las destrozaba queriendo extraer de sí todas las cadenas y cruces pesadas.
_“Así sea”, balbuceaba después de tres minutos. Al juzgar por sus reacciones ya resultaban ser alienadas a su caminar, gestos y el habla sin conciencia y muda.
Parecía esperar algo mientras estaba sentado pegado al vidrio de la ventana, que no tenía intenciones de mostrar más que murallas de cemento.
El no alcanza a notar que lo observo a través de la curiosidad.
A través, de sus aireados ojos café.
Tampoco se mueve, es como una estatua inerte. Casi sin vida. Pero de un momento a otro, se levanta de su asiento, raudo y apresurado.
El mundo es de causalidades y no de coincidencias por eso me bajo también.
Línea B. Letrero grande. Nunca había bajado en esa estación del metro. Pero ahí me encontraba, tratando de buscar pistas a los recortes que tenía de este hombre gris.
Una calle angosta lo seguía, fila de árboles esqueléticos acompañaban su sombra, y un bar en una esquina lo esperaba, sus amigos le ofrecían una ginebra, pero esta vez decidió dar la vuelta.
Yo mientras, caminaba lento, dejando pasar gente y tratando de acostumbrarme a este nuevo paraje.
Las casas eran de adobe, algunas de lata y boliches con pocas cosas, entre ellas
Marcas de galletas alternativas y otras muy antiguas. Algunas papas podridas en la orilla de la vereda y hojas secas revoloteando en la basura.
El hombre seguía fijamente su dirección. Pasos cortos y rápidos. Manos en los bolsillos como de frío interior pero afuera, la noche era cálida.
# 387 es el número de su casa escrito con tiza. Ahí es donde se detiene, con un bolso que recién vengo a percatar que es negro, como el chaleco que lleva encima de una camisa a cuadros azul. Golpea de forma pasiva y se asoma una mujer con pelo abultado, nariz prominente labios secos y falda roja.
Habla fuerte y el hombre del gorro que ahora se lo saca, estando en la puerta, agacha su cabeza y entra el bolso.
La mujer se ve alterada. Y le grita en la cara al hombre de sombrero gris.
Él entra a la pieza y se sienta. Lo veo por la ventana. Su reflejo opaca el atardecer. Se escuchan palabras gruesas y revoletean mariposas blancas en la puerta.
La mujer le exige dinero, para pagar cuentas, para vivir para costear las cuotas de la felicidad. El hombre no entiende. Nunca entendió.
Se agarra el pelo. Tira el florero. El agua en él. Y escupe al cielo.
Yo a contraluz observo.
Y ahí me detengo. En voces extrañas y en su voz cansada. Sale corriendo y rompe en pedazos la palabra en la que alguna vez creyó. Y se lanza corriendo siguiendo la luna, siguiendo su ruta matutina y se tira en la calle y difama a dios. Por la deuda de felicidad. Por el embargo de la alegría, por la humillación de no contar con la dicha delante de los vecinos.
Tira su gorra gris y se dirige al cielo.
Nunca creí en ti.
Así sea.
* Pd: siento que le falta una segunda parte a esto y más contenido.Pero como lo escribí algo apurada.. he ahi...la excusa que agrava la falta.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario