
Bossa- nova en el cuello. Aire parisino. Y alquiler de ocasión. Los días gastados viajan en la mente infantil de quien partió sin pensar ir lejos. Sin importar mirar atrás. La neblina disipa las manos en los bolsillos. De aquel abrigo de cotelé teñido de bares y el humo acumulado en los ojos. Caminando lejos. Junto a las hojas secas. Seco como mi corazón que se abduce de la arena que inunda tu mar.
Son las 7 y cuarto. ¿Qué vas a hacer? No, no puedes ser tan cliché. La combinación capuchino/ cigarros nunca te ha gustado por su apariencia. Pero te vuelve loco la actitud. Y el Carácter que emana. Como el que botaste en un pasaje olvidado de Valparaíso. Ante mis ojos impávidos que no creen como mi voz se reflejaba en tus gritos.
Y no lo entiendo. No lo comprendo. Pero no me cabe duda. Mientras, iluminas lejos con el lente de tu cámara que te registra hasta la sombra. Y manifestó alguna vez la mía. La que se perdió lejos en un camino sin salida. En el momento en que tú viraste a la izquierda.
Teléfono. Pero decido no contestar. Últimamente no soporto las llamadas de teléfono, ni los mails, ni las visitas….. El teléfono grita hasta que me envía a la calle. Prefiero caminar Con apenas un gorro y algunas Lucas por si acaso la sed consumista me arroja a algún boliche, tienda lo que sea… Y camino, sin rumbo aparente. Pero finjo como si supiera donde ir. Como si tuviera algún destino seguro.
La gente me parece tan distante. Tan ensimismada. Tan calculada en sus pasos.
¡! Tsss déme permiso oiga…!! ¿Cree que uno tiene todo el tiempo del mundo…? Pero apúrese... déjeme pasar...!
Tan maldita a veces.
Si, creo que tiene razón. Pensé que tenía todo el tiempo del mundo. Pero no es así. Pensé que tú también tenías todo el tiempo del mundo para pasarme el cenicero. Para pagarme el diario del domingo. Para mostrarme tus experimentaciones con el piano de bolsillo como le llamabas. Para apagar la radio cada vez que yo la dejaba encendida. Creí que estarías después de la fiesta.
El tiempo abofetea mi cara cada vez que lo miro de frente.
A ti, el tiempo te da dolor de cabeza. Aún no descubres cuál es la pócima ni la técnica para dominar tu insomnio. Sólo calcula las imágenes del sol y el viento que acaricia la cortina de tu ventanal y envejece las piezas de tu piano gastado pero hermoso al fin.
UNO
Congela. Triza. Revienta la sangre, el mar que empuja y muerde mi pantalón, Y refresca e incendia de frío, dejando la piel azul de tanto esperar. Pero ni siquiera pensar. Mientras la piel del mar bronceada casi negra azota el aire. Y el viento camina por mi rostro. Feliz. Mientras refresca mis demonios.
En esos momentos, tú sigues con la melodía que escucho con el aletear de las gaviotas. La alquimia del tiempo la convierte en algo que no existe. En mi utopía personal. Eso eres. El cuento que no pude terminar. El cabo que no pude atar.
Tus cánticos se convirtieron en mi réquiem.
Sigue con tus partituras y síguelas lejos… mira....Escucha ¡! Como se impregnan en el aire... ese que yo respiré. Siente como penetra convirtiéndose en imágenes con olores. Y momentos. Hasta recuerdos.
Sigue. Siento el olor de tu cuello en la música que se incrustó en mi piel. Hasta tatuarla de tus pasajes mentales, alucinatorios…
La arena granula la piel. Da relieve a lo que siento, mientras el agua del cielo remoja lo que se eleva de mi mente. Lo que estoy invocando. El mar silba en mi cara el efecto mortuorio, seductor y quiere envolverme. Pero despierto del trance.
Reaccionas también. Bajas las escalinatas de tu departamento y conduces lejos. El horizonte ajeno te ensordece. Te enloquece. No lo conoces y el a ti tampoco. Mucho menos, el conductor que te trata de explicar que vas en dirección contraria. Quieres volver. Yo también. Pero el tiempo es ajeno. Dio vuelta los segundos y los desparramó mientras buscaba a las horas que me ayudaran a tomar decisiones.
Sigo en esta playa. Tú sigues en tu auto, buscando quizás que cosa…
Tu voz sigue susurrando en los capítulos de este libro que no quiero cerrar. Tomas tu cigarrera. Pero está vacía. Yo me quedé con los pocos que te quedaban incluso me quedé con tus últimos respiros…
Enrabiado, tiras el libro de Jorge Teillier que te dejé en la guantera. Y el golpe lo siento. Como el de las palabras que ensuciaron el piso de mi existencia. Y cae lejos por la ventilla. Como el último suspiro del cigarro que lanzo, remoto de las vitrinas del cielo.
Me percato de la presencia del celular en mi abrigo. Suena. Insiste. Pero no lo quiero seguir oyendo. Contesto. Pero lo dejo en el aire. Para azotarte de respiros ajenos. De sonidos ajenos. No de los míos. Agranda tu espíritu con los silbidos del mar. Con los suspiros del viento.
¿Sos vos? ¿Querida? …
DOS
FIN
Son las 7 y cuarto. ¿Qué vas a hacer? No, no puedes ser tan cliché. La combinación capuchino/ cigarros nunca te ha gustado por su apariencia. Pero te vuelve loco la actitud. Y el Carácter que emana. Como el que botaste en un pasaje olvidado de Valparaíso. Ante mis ojos impávidos que no creen como mi voz se reflejaba en tus gritos.
Y no lo entiendo. No lo comprendo. Pero no me cabe duda. Mientras, iluminas lejos con el lente de tu cámara que te registra hasta la sombra. Y manifestó alguna vez la mía. La que se perdió lejos en un camino sin salida. En el momento en que tú viraste a la izquierda.
Teléfono. Pero decido no contestar. Últimamente no soporto las llamadas de teléfono, ni los mails, ni las visitas….. El teléfono grita hasta que me envía a la calle. Prefiero caminar Con apenas un gorro y algunas Lucas por si acaso la sed consumista me arroja a algún boliche, tienda lo que sea… Y camino, sin rumbo aparente. Pero finjo como si supiera donde ir. Como si tuviera algún destino seguro.
La gente me parece tan distante. Tan ensimismada. Tan calculada en sus pasos.
¡! Tsss déme permiso oiga…!! ¿Cree que uno tiene todo el tiempo del mundo…? Pero apúrese... déjeme pasar...!
Tan maldita a veces.
Si, creo que tiene razón. Pensé que tenía todo el tiempo del mundo. Pero no es así. Pensé que tú también tenías todo el tiempo del mundo para pasarme el cenicero. Para pagarme el diario del domingo. Para mostrarme tus experimentaciones con el piano de bolsillo como le llamabas. Para apagar la radio cada vez que yo la dejaba encendida. Creí que estarías después de la fiesta.
El tiempo abofetea mi cara cada vez que lo miro de frente.
A ti, el tiempo te da dolor de cabeza. Aún no descubres cuál es la pócima ni la técnica para dominar tu insomnio. Sólo calcula las imágenes del sol y el viento que acaricia la cortina de tu ventanal y envejece las piezas de tu piano gastado pero hermoso al fin.
UNO
Congela. Triza. Revienta la sangre, el mar que empuja y muerde mi pantalón, Y refresca e incendia de frío, dejando la piel azul de tanto esperar. Pero ni siquiera pensar. Mientras la piel del mar bronceada casi negra azota el aire. Y el viento camina por mi rostro. Feliz. Mientras refresca mis demonios.
En esos momentos, tú sigues con la melodía que escucho con el aletear de las gaviotas. La alquimia del tiempo la convierte en algo que no existe. En mi utopía personal. Eso eres. El cuento que no pude terminar. El cabo que no pude atar.
Tus cánticos se convirtieron en mi réquiem.
Sigue con tus partituras y síguelas lejos… mira....Escucha ¡! Como se impregnan en el aire... ese que yo respiré. Siente como penetra convirtiéndose en imágenes con olores. Y momentos. Hasta recuerdos.
Sigue. Siento el olor de tu cuello en la música que se incrustó en mi piel. Hasta tatuarla de tus pasajes mentales, alucinatorios…
La arena granula la piel. Da relieve a lo que siento, mientras el agua del cielo remoja lo que se eleva de mi mente. Lo que estoy invocando. El mar silba en mi cara el efecto mortuorio, seductor y quiere envolverme. Pero despierto del trance.
Reaccionas también. Bajas las escalinatas de tu departamento y conduces lejos. El horizonte ajeno te ensordece. Te enloquece. No lo conoces y el a ti tampoco. Mucho menos, el conductor que te trata de explicar que vas en dirección contraria. Quieres volver. Yo también. Pero el tiempo es ajeno. Dio vuelta los segundos y los desparramó mientras buscaba a las horas que me ayudaran a tomar decisiones.
Sigo en esta playa. Tú sigues en tu auto, buscando quizás que cosa…
Tu voz sigue susurrando en los capítulos de este libro que no quiero cerrar. Tomas tu cigarrera. Pero está vacía. Yo me quedé con los pocos que te quedaban incluso me quedé con tus últimos respiros…
Enrabiado, tiras el libro de Jorge Teillier que te dejé en la guantera. Y el golpe lo siento. Como el de las palabras que ensuciaron el piso de mi existencia. Y cae lejos por la ventilla. Como el último suspiro del cigarro que lanzo, remoto de las vitrinas del cielo.
Me percato de la presencia del celular en mi abrigo. Suena. Insiste. Pero no lo quiero seguir oyendo. Contesto. Pero lo dejo en el aire. Para azotarte de respiros ajenos. De sonidos ajenos. No de los míos. Agranda tu espíritu con los silbidos del mar. Con los suspiros del viento.
¿Sos vos? ¿Querida? …
DOS
FIN

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