martes, enero 24, 2006

B L O W



Por Claudia K Pizarro




Sonaba el acordeón en la plaza, tratando de levantar el ánimo al sueño quebradizo, que quedó en medio de la brisa, que alejó a los curiosos dementes, esquizofrénicos y suicidas.

Provocaba mirar, sonreír, admirar. Provocabas escupir y amarte otra vez.
El acordeón entonaba su mejor nota. Gritaba, hablaba, callaba.
En el mueble vitral, cerca del balcón, se resumían los sonidos de un móvil dulce comprado en una feria barata, alejada de la esquina principal. Mientras, en el ventanal se vislumbraba el visillo blanco que se parecía a tu piel.

Me encanta esa banda sonora.
¿Sabías que fueron los primeros sintetizadores que se usaron?
No, no lo sabía.

Vuelvo a estar detrás del ventanal. Escucho el choque de vasos que claman por un salud de sangre vitrificada, insistentemente. Pero estás lejos de acá.
Es sólo un retrato perdido que el insomnio recolectó esta noche para mí.
Pero adormezco al insomnio y voy manchando el vestido blanco que quiso quitarme el viento y los sonidos del acordeón que aún me miran desde la plaza. Se ocultan, pero cada vez que intentan correr para atraparme, los distraigo con magia que aprendí en una carpa gitana, lejos de acá.

11 y media de la noche. El cielo está cada vez más azul. Y las estrellas parecen pedirse espacio unas a las otras para acolchar el brillo que extraje de tus dientes.

Sigues ahí, porque aún te siento. No hay más explicación.

El frío desapareció y salió a correr. Había un aire de sol, reflejos dorados en esa noche y en el balcón,se veía otro firmamento que jugaba a adivinar los arcanos del tarot. Buscándote. Entre gestos, aromas y prescripciones médicas.

Entro a la habitación y el móvil de sonidos dulces avisa que no entro sola. Soy yo y 22 años detrás de mí, con esa persona que ayer dejé durmiendo con sueños y un día al cual asesinar, recordando cada detalle, que construyó el tiempo, para dejarlo al lado de la almohada.

Sé que tengo que encontrarte en alguna parte. Encontrar esa parte de ti que yo quiero, deseo y ansío. Esa parte que tú no conoces aún, sólo porque no ha salido fuera de ti. Está dentro, y aún no sabes como expresarlo; no lo entiendes, poco lo digieres y te parece extraño. Después de una vida hecha casi por azar no entiendes esta nueva jugada.
Tendré que encontrarte, te he buscado otras veces y sólo he sentido el gesto del acordeón y los vasos de sangre vitrificados. Sé que estás cerca. Ahora te cuesta mirarme, sé que tienes algo escondido y que aún no quieres aceptar.

Los suicidas siguen ahí. Viendo los días y esperando morir. El acordeón sigue sonando pero ahora en medio de una feria de fenómenos con banderas de colores y challa en el suelo de tierra.

Ya no estoy frente al balcón. Me encuentro gritando tu nombre al lado de la plaza. Donde no hay un punto exacto de encuentro, ni de geometría petrificada para dar seis vueltas a la manzana y saber que estás a dos cuadras.

Y estás al lado del teléfono. Mirándome de lejos. Y ahora me dices que te vas. Y te vas remotamente en tiempo y lugar.

Y el acordeón y la gente sigue gritando y ya no te veo en medio de la multitud. Quiero abrazarte, es lo único que me hace bien. Pero tus brazos ya no quieren.

Si me dejas.
Muero.

Rompo los vasos pero te vas de mi vida. Hundo la sangre en el colchón y clavo cuchillos en la pared, pero me devuelves mi número de teléfono.

Sopla el viento y yo en el balcón. Y ya no corro, ya no te busco, ya no grito tu nombre porque mi voz quedó pegada en la pared y los cuchillos la desangraron mientras me dio hemorragia de memoria cuando caí al suelo de la impresión.

Y la música sigue bailando alrededor de esta fiesta de muertos y el acordeón cada vez tose con carraspera y emite sonidos moribundos hasta que el anciano que toca cae muerto en medio de la challa y la radio que seguía emitiendo ruidos de acordeón.

Y yo miro con binoculares el espectáculo hasta que me encuentro el espejo y yo tirada en el suelo me reflejo. Aún brillaba la sangre en mi pelo.
Y rio a carcajadas. Mientras escucho la naranja mecánica que no me acompaña en ese momento. Esa banda sonora la dejaste tú. Jamás combinamos muy bien. Pero eso era lo que me gustaba. Y tu risa.

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